Experiencias personales

BEATRIZ, PAULA, ALICIA y CARLOS

 Cuando tuve a Paula (hace ahora 3 años y 1 mes), estaba trabajando en diferentes empresas dando clases. Acababa a las 10:30 de la noche con un horario muy irregular, no podía continuar con aquello por mucho que me gustara y tuve que dejarlo rotundamente, por su bien (y el mío). Siempre he pensado que el tiempo que puedas invertir en tus hijos no se puede medir en dinero, y es cierto.

Decidí tomarme un año sabático y jugármela cuando intentara reincorporarme al trabajo. Es lo mejor que pude hacer, pude dar pecho a mi hija durante 14 meses en los que apenas nos separamos. Niña delgada, percentil 3, a los 3 meses me recomendaron que le diera una ayuda. Menos mal que no lo hice, no sé lo que hubiera pasado, pero cuando tu hija es mala comedora no hay nada más tranquilizante que saber que al menos, cuando toma pecho se está alimentando de manera correcta. En ese momento yo no sabía que era mala comedora, me enteré a los 6 meses con las primeras papillas. Se puede decir que pasó hasta los 11 tomando solo pecho, porque comer lo que se dice comer, no comía mucho. Luego vino la guardería, y allí, al no estar yo, se tuvo que conformar con lo que le daban. Dejó de tomar pecho en una pequeña escapada de 7 días (la primera) en la que lo pasé fatal porque aunque “esta niña seguro que no saca nada, deja de darle pecho, dale algo que le haga engordar más, bla, bla, bla...”, los pechos se me hincharon muchísimo después de un día y allí no había nadie que los vaciara. Al volver de mi escapada fue inútil intentar retomarlo.

Con Alicia (tiene ahora 1 año y 2 meses) fue todo también muy bien. El listón estaba muy alto después de su hermana, pero se cogió igualmente bien (a pesar de haber pasado las primeras 15 horas separadas). Le di sólo pecho hasta casi los 7 meses, y aquí ¡sorpresa!, ya no tuve que oír eso de “no tienes suficiente leche, le vas a tener que dar una ayuda,”etc, porque esta niña en vez de ser de las que comen poco o poquito, es de las que comen mucho. De todos modos, hay siempre gente a la que le gusta dar su opinión, y en este caso, sí que tuve que oír cosas como “cómo le vas a dar sólo pecho, con lo grande que es y lo delgada que estás tú”... en fin, que si no es por una razón, es por otra, pero siempre hay que meter el biberón por algún lado.

Con la alimentación complementaria, al contrario que con su hermana no tuve que tirar ninguna papilla, ni de frutas, ni de verduras, ni nada de nada. Todo le gusta, todo se lo come. Dejó el pecho a los 10 meses y poco porque desgraciadamente su padre viaja mucho y al estar solas muchas noches, tuve que recurrir en ocasiones al biberón para poder bañarlas, darle la cena a Paula y malcenar yo también algo. Aunque siempre le ofrecía pecho por las tardes y después de las horas críticas de no parar, se despistaba demasiado con todo lo que tenía alrededor, que poco a poco, sin darnos cuenta lo fue dejando. Me dio pena porque era un momento muy tierno, pero aún así estoy contenta de haberle dado todos esos meses.

Ah, por cierto, son unas niñas sanísimas. Paula supo lo que era un antibiótico hace un par de meses, a la vez que Alicia.

 

CLARA

Con mi primer hijo, Carlos, tuvimos que adelantar la alimentación complementaria a los cinco meses y medio, pues acumulando dos meses de vacaciones (de 2 años trabajando) y las 16 semanas de baja por maternidad, Carlos tenía 5 meses. En 15 días se me agotaron las reservas de leche materna que tenía congeladas, entonces mi marido le daba la que tenía extraída del día anterior y además fruta triturada si tenía más hambre... y a mi vuelta, de nuevo a estar juntitos....

 Con mi segunda hija, Raquel, empezamos con las papillas a los 6 meses, pues yo estaba en paro y no tuve que separarme de ella.

 Ambas experiencias han sido muy buenas y muy gratificantes.

 

SONIA (38 años)

Mi hija Lucía tiene casi 4 años, y tuvo lactancia materna hasta los 14 meses. Con ella tuve un comienzo duro. Nació por cesárea, y además de lo difícil que me resultaba ponerme en la posición adecuada (con poca ayuda sanitaria en los primeros días de hospital), y de las dolorosas grietas que me salieron por ello, la leche tardó 5 días en subir, el peso de Lucía bajó algo más de la cuenta y comenzaron a ofrecerle suplementos. Todo ello me produjo un estrés muy importante, pero aunque los acontecimientos se ponían en contra, sí recuerdo mi determinación por dar de mamar a Lucía. Superado todo ello, gracias a Isabel del centro Mare; me volví “adicta” a la lactancia materna, al sentimiento de autosuficiencia que me proporcionaba el saber que el alimento que yo producía es lo que estaba haciendo crecer a mi hija, al amor que me inspiraba ver su carita en esos momentos. Me olvidé de los límites con los que yo misma había planificado la duración de la lactancia (hasta los 6 meses…, hasta que le salgan los dientes…)

Ahora tengo también a Héctor, que acaba de cumplir 2 años. Con él no he tenido el menor problema, quizá porque ya me preocupé suficientemente con su hermana. Es tan fácil que todavía dura, con lo que de vez en cuando empezamos a recibir alguna crítica que no me afecta en modo alguno. Simplemente hemos dejado que funcione el comportamiento natural de nuestra especie, todo me parece de lo más sencillo, cómodo, práctico, saludable, creador de vínculos y muchas cosas más; y a él le encanta. Me gustaría que otra gente pudiera disfrutar de la vivencia de hacer, al menos en esto, lo que le dicta su corazón, sin pensar en lo que se debe y no se debe, en el cómo, el cuándo y el cuánto.

 

TERESA

Di a luz a mi hijo Daniel a las 12 de la noche tras 8 horas de dilatación y otras 8 de tensa espera en el hospital porque ya había roto aguas temprano por la mañana. En el parto perdí mucha sangre. Me quedé muy débil y no pude darle de mamar hasta la mañana siguiente después de haber repuesto fuerzas con el desayuno.  Nos pusimos en acción y nos costaba un poco a mí encontrar la buena postura y a él agarrarse bien.  El pediatra me recetó un biberón de complemento porque yo estaba débil. El auxiliar nos ofreció una pezonera porque el niño no se agarraba bien.  La familia decía que por qué no utilizaba lo que me recetaban, “menos libros” me decían, “sabrás tú más que el pediatra”.  Por suerte por la tarde (mi bebé estuvo sin comer unas 20 horas) entró una mujer de la limpieza que me ofreció su ayuda al ver nuestras probatinas. Ella me arrimó a mi hijo, me agarró el pecho y nos juntó tan bien que el niño se agarró a la perfección.  Una vez el bebé descubrió el agarre perfecto, ya nunca más lo perdió. Gracias a mi ángel de la guarda salimos mamando del hospital a su debido tiempo y ganando peso y pude tirar el biberón de complemento y la pezonera a la basura. 

Como veis, ya sólo en los primeros días hubo muchas circunstancias, los malos consejeros, la presión familiar y las miles de incertidumbres diarias de una madre primeriza, que pusieron en peligro la lactancia. Pero había ido antes a nuestra querida asociación MAMARE y tenía una buena información y confianza en mí misma para sobrellevar las dificultades.

Una vez la lactancia está instaurada es bueno seguir acudiendo a estas reuniones con frecuencia porque sirven de refuerzo y de orientación.  Me da pena ver a madres que dejan prematuramente la lactancia materna por falsas creencias o por ignorancia.  Se puede dar pecho hasta el año y más sin por ello esclavizarse o ser una extravagante.

Con 16 meses mi hijo sigue mamando por la mañana y por la noche y seguiremos así mientras nos sea cómodo a las dos o hasta que se canse o encuentre algo más interesante que hacer y si él quiere, hasta los 2 años.

Teresa

AMPARO: LACTANCIA MIXTA

La información es imprescindible para ser libres. También para ser madres y padres libres. Tener la oportunidad de compartir información nos ayuda además a saber ordenarla, valorarla y contrastarla. Cuando nació mi hija Leyre ya tenía información sobre la lactancia materna y sus beneficios por las charlas de la matrona Isabel Barreda. Y gracias a ello pudimos superar las dificultades que encontramos.

Leyre nació con anemia y estuvo ingresada en el hospital su primera semana de vida y tras pasar unos días en casa, durante dos semanas más. Así pues, lactancia mixta. En el hospital pude darle el pecho pero con un horario, cada tres horas, con una excepción por la noche (no había toma de las 3 de la madrugada). Y siempre le ofrecían un pequeño biberón después. Sólo podía estar 30 minutos con ella y a veces, estaba dormida y a penas mamaba. Sin embargo, creo que estar ahí cada vez me ayudaba tanto a mí como a ella. La producción de leche se puede estimular con sacaleches y con la presencia de tu bebé. Este esfuerzo fue posible gracias a mi pareja. Nos acostábamos pasada la medianoche (la última toma en el hospital era a las 12) y nos levantábamos cerca de las 5 para poder estar a las 6, allí. Es muy importante que esto se comparta con el papá del bebé, porque es un esfuerzo tan grande que cada día –o cada hora- ha de haber un miembro de la familia dispuesto a ‘tirar del carro’.

Valió la pena, es mi conclusión hoy. Porque cuando nos dieron el alta y volvimos a casa sabíamos que el camino estaba iniciado. En casa le di lactancia mixta porque Leyre todavía estaba débil. Pero poco a poco fui sustituyendo los biberones por más pecho. Entre los tres y cuatro meses ya no le daba biberones por la mañana. Y poco a poco fui abandonando los de la tarde. Para mí era un éxito. En este colaboró la experiencia de una compañera de un grupo de lactancia de Isabel, que seguía dando lactancia mixta con cinco meses. Y también la pediatra que atendió a mi hija durante todo ese tiempo y que me aconsejó una manera de dar el complemento  sin que ello me costara la lactancia. Nunca di biberones de cantidad superior a 30 o 60 cl. Cuando escucho que a una mamá le han recomendado un biberón de 90 cl. cada tres horas a un bebé de un mes, pienso que es una barbaridad. Con un mes de vida, mi hija, con anemia incluida, no tomaba más de 30 (y no en todas las tomas). Tal vez sería el momento de consultar a otro pediatra.

Con cinco meses Leyre sólo mamaba. Habíamos realizado un proceso inverso al habitual. Y a los seis meses le introducimos directamente en el apasionante mundo de la cuchara. Ya había tomado bastantes biberones.  Compatibilicé el pecho con otros alimentos hasta el año de vida de Leyre.

Mi lactancia se la debo a un grupo de apoyo, como lo es hoy Mamare. Porque compartir experiencias nos ayuda a resolver las pequeñas dudas. Y nos dan fuerza para repetirnos a nosotros mismos que podemos conseguirlo.

Creo que tener un hijo es un reto diario. Aunque esté hospitalizado al principio, no debemos renunciar  a lo que es mejor para él, como es la leche materna. Nos costará más trabajo, pero si estamos convencidas, lo conseguiremos. Y el recuerdo cuando pase el tiempo será la imagen del bebé en tus brazos, mamando.

 

YOYO (36 años):  Lactancia en Tamdem y dificultades en el inicio.

Con Nayeli, mi primera hija, el comienzo de la  lactancia fue muy difícil. La primera noche en casa fue horrible la niña se pasó toda la noche llorando, y mis  pechos estaban tan hinchados, que  creía que me explotarían. Por la mañana fuimos a urgencias, donde no me dieron solución. Aquello no tenía nada que ver con la lactancia placentera que me había imaginado,  salimos adelante gracias a Isabel Barreda (matrona). Tuve grietas y muchas molestias durante los primeros veinte días, a partir de ahí las dos disfrutamos de una lactancia feliz. A ella le encanta mamar, conforme se ha hecho mayor las dos hemos tenido que escuchar muchas críticas, sobre todo durante el embarazo de su hermana.

Cuando nació Gisela, ya estaba con Mamare, y disponía de mucha información, pero también tuvimos un comienzo difícil. Estuvo ingresada en neonatos y tomó biberones por la noche. Hasta que tuvo doce  días no quiso mamar  directamente de mi pecho, y la estuvimos  alimentando con jeringuilla y suplementador. Después, cuando cumplió cinco meses también atravesamos una etapa muy difícil porque lloraba mucho al principio de  algunas  tomas, y rechazaba el pecho. Ahora tiene diez meses,  y todo marcha bien.

Lo que me impulsa a formar parte de Mamare,  es pensar con rabia  que si no hubiera tenido la suerte de encontrar ayuda, hubiera abandonado la lactancia muy pronto, y nosotras  nos hubiéramos perdido  esta experiencia tan maravillosa y saludable. Por eso tengo ganas de transmitir a todas las madres, que sigan adelante,  que busquen ayuda, que tras las dificultades iniciales, la lactancia se convierte en una experiencia  que merece la pena disfrutar.

 

LUPE: Mi experiencia con la lactancia

Tengo tres hijos y cuando tuve el primero (una preciosa niña que ahora tiene 14 años) ya había terminado la carrera de medicina y sólo me restaba un año para completar mi formación como pediatra. La ilusión por amamantar a mis posibles hijos había empezado en el último año de la carrera, al estudiar las diferencias entre leche materna y artificial y darme cuenta de sus maravillosas ventajas. Pero no sabía nada sobre aspectos prácticos: posturas, tiempos, horarios, interferencia del chupete-biberón.....

Menos mal que el primer día se acercó a vernos una matrona y me preguntó: ¿se coge bien? Yo le dije que sí, y me puse la niña al pecho. Al verla mamar se me quedó mirando y me soltó:…¿y tú eres pediatra?...¡pero si solo se agarra al pezón!. Me mostró como hacerlo y gracias a ello me libré de la cascada de complicaciones que suelen seguir a una mala postura: dolor, grietas, escasa ganancia de peso, llanto, malestar, inseguridad y con frecuencia interrupción de la lactancia. Además, esa pregunta de la matrona sembró en mi una gran inquietud e interés por la lactancia y desde entonces sigo trabajando en el tema.  

Mi hija se criaba muy bien, pero sobre el mes empezó a tener cólicos y a veces no podía comer. Se cogía, se soltaba llorando, se volvía a coger y se volvía a soltar llorando más fuerte. Aunque la calmara no podía dormirla y si intentaba volver a acercarle el pecho lloraba de rabia, de hambre y de dolor. Y yo también. Las últimas tomas del día eran horribles. Menos mal que en brazos del papá conseguía relajarse lo suficiente como para poder dormir o incluso mamar a gusto (era mi mejor aliado).  Probé a estar una semana sin tomar leche ni derivados pero no noté ningún cambio, y por lo demás a la niña se la veía feliz  y  en el resto de tomas del día estaba bien.

La lactancia exclusiva duró seis meses aunque desde las 16 semanas, con mi vuelta al trabajo, le dábamos mi leche en biberón. Al principio lo rechazaba pero no tardó en preferir el biberón a mi pecho y por la tarde no quería mamar. A veces tenía que sacarme la leche y ofrecérsela con cucharilla. Recuerdo que si le cantaba se relajaba y tardaba más en soltarse. Cuando la niña cumplió los seis meses volvía a hacer guardias de 24 horas en el hospital, cinco al mes. Eso influyó en la cantidad de leche y en nuestro ritmo. A los ocho meses ya no quiso mamar más, ni siquiera de noche.

Mi segundo hijo no tuvo tantos cólicos, aunque también se revolvía bastante por las tardes, sobre todo al cambiar de pecho. Parecía que lo pasaba mejor si le daba de los dos pechos sin cambiarle a él de postura. Su aumento de peso era muy irregular y eso me angustiaba bastante, pero él mamaba a gusto y parecía satisfecho. Como yo entonces no trabajaba pero estaba pendiente de que me avisaran de la bolsa de trabajo para alguna sustitución, comencé a preocuparme  por si me llamaban  de un día para otro, y sobre los cuatro o cinco meses decidí ofrecerle un biberón por las mañanas. Y se repitió la historia. Rechazo inicial al biberón y después rechazo del pecho a los pocos días. Antes de cumplir ocho meses ya no hacía ninguna toma. Y me sentí fatal porque además, tampoco me llamaron de la bolsa de trabajo hasta mucho tiempo después. Por cierto, cuando comenzó con los otros alimentos siguió con su curva de peso habitual.

Cuando nació el pequeño yo estaba mucho más formada en lactancia, pero como cada bebé es un mundo y trae su propio “equipaje” la lactancia del tercero fue la más difícil. Engordaba muy despacio, y además parecía que no disfrutara mamando, o quizá mi preocupación por su peso y el notar que mamaba poco, hicieron que las tomas fueran más tensas. Le gustaba mucho el chupete y también hacía bastantes chasquidos al mamar. Intenté quitarle el chupe al darme cuenta de que le había producido confusión  pero entonces me rechazaba el pecho, se enfadaba “porque salía leche” y era peor.      Aún así seguía mamando a gusto recién despertado o entredormido, y además le ofrecí la alimentación complementaria con cucharilla para que no me sucediera lo de los hermanos mayores.       

Tampoco aumentó más rápido al empezar con otros alimentos y los dos nos relajamos. Ya no intentaba convencerle para mamar y sólo le ofrecía el pecho al despertarse por la mañana y mamaba contento. A veces también después de la siesta. Prefería el pecho izquierdo y llegó un momento que no quiso mamar del derecho (en ninguna posición) Y seguimos así durante 18 meses. Sobre los 8 meses tuve que empezar a tomar sulpiride de vez en cuando para mantener la producción.  Me sentía bien, y recuerdo las tomas matinales con mucha ternura, como un regalo que cada mañana me daba mi pequeño. Y cuando ya no quiso más tampoco noté rabia ni frustración como las otras dos veces.

 Mis experiencias amamantando a mis hijos me han confirmado la importancia de evitar interferencias con chupetes y biberones, de no presionar al niño para comer, de no obsesionarse con el peso, y me han servido para comprender y poder apoyar a las madres de bebés con cólicos que empeoran al mamar, y a las que por diferentes causas tienen dificultades para conseguir una lactancia plena.

¡Ánimo!

 

Mª CRUZ (34 años): LA LACTANCIA MATERNA: UNA EXPERIENCIA ÚNICA.

 Tengo una hija de dos años que ha estado mamando hasta hace poco tiempo. Yo no tuve grandes dificultades en el inicio, salvo una fuerte subida de leche, alguna grieta que enseguida curó, hongos que también curaron enseguida y la inseguridad e inexperiencia de ser una madre primeriza.

Lo que si me causó un poco de angustia era el peso de la peque los primeros meses. Según la pediatra iba “justa de peso” (percentil 10-15) pero tuve suerte y no me mandó ningún suplemento, aunque si me recomendó que la controlara.

Cuando tenía 4 meses decidí dejar  de pesarla en la farmacia y  sólo la pesaba en las revisiones. Me di cuenta que mi hija era así, unas veces hacía más y otras menos. Era una niña delgada pero se la veía feliz y sana, por tanto, para qué preocuparme más? Mi hija ahora tiene dos años, come de todo, come bien y sigue en su percentil.

Una vez pasaron estas pequeñas dificultades la lactancia fue “viento en popa” y cuando mejor iba me tuve que incorporar al trabajo. Sin problemas, la lactancia y el trabajo son totalmente compatibles. Yo compensaba a mi hija dándole de mamar al volver del trabajo y ella me lo agradecía mirándome con ternura y acariciándome mientras tomaba pecho (eso no tiene precio).

He recibido muchas críticas: por compaginar trabajo y lactancia, por dar lactancia exclusiva hasta los seis meses y por supuesto por dar de mamar a mi hija hasta los dos años, pero me daba igual. No estaba dispuesta a renunciar a una experiencia maravillosa para las dos.

Para mi ha sido muy importante en el éxito de la lactancia varios factores: estaba muy convencida de la lactancia; recibí muy buena información y asistencia  de la comadrona de la preparación al parto; y  un pilar que considero fundamental: el apoyo de mi madre y sobretodo de mi marido.

Ánimo que aunque el inicio sea difícil después se convierte en una experiencia única que sólo la madre y el bebé pueden disfrutar.

 

 

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